= aunque sea para incordiar =

7 oct. 2008

La caja boba

A Doña Clara se le pasaban lentas las tardes calurosas de ese verano en Flores. Entre mates verdosos y revistas amarillentas se imponían sus ruleros azules frente a la televisión. Esta última (y me refiero al aparato y no a la pobre Doña Clara) solía ocupar un lugar primordial entre la televidente, su aposento y la ventana que daba hacia la calle. A las dos de la tarde, luego del decimoctavo mate lavado, Doña Clara se acomodó en su sillón con antebrazos desgastados por los años y se propuso no parpadear durante el primer capítulo de una telenovela nueva y mejicana, que no entendía en su totalidad, pero que debía verla.

De repente, algo la distrae. Ya no importa Juan Roberto de la Cruz o Sor Juana Redentora Juárez que ha quedado embarazada. Doña Clara siente cómo sus ojos se le escapan de las órbitas, por eso los cierra para mayor concentración y sobretodo para mantenerlos en sus cuencas. Es así como su mente se olvida de las imágenes románticas brindadas por la tecnología para destinar exclusivamente su atención al departamento de arriba.

Laura, la vecina tan amable que convivía desde hace 6 meses con su marido, había hecho tronar la puerta de entrada de un solo empujón. Era inusual que ella llegase del trabajo tan temprano, con la excepción de que en la hora de almuerzo hubiese decidido visitar a su amado Lucas. Evidentemente, este momento no era la ocasión.

Un camino sinuoso de tacos mareados se dibujó por encima de los ruleros de Doña Clara. En el quinto C, unas manos con uñas rojas tironeaban cajones y revolvían estantes desesperadamente. Tal revoloteo cesó cuando se escuchó la voz de un hombre, desconocida, ronca y madura que mascaba palabras inentendibles. Una segunda puerta rechinó y hubo una pausa larga, un último silencio de paz sostenido en el aire. Doña Clara temblaba expectante.

Y otra vez volvieron los tacos, más rápidos y directos hacia la voz fuerte. Las patas de un mueble pesado que era movido. Gritos femeninos enajenados que pedían un lugar que no se les iba a otorgar. Dos sonidos latosos de un resorte lejano. Un clic desgarrador. La voz de Lucas finalmente se hacía lugar entre aullidos femeninos y ladridos masculinos. Esta vez sí era él quién hablaba. Que no, que por favor no. Que no lo haga, que él la ama a ella. Que todo tenía una explicación. Varios estruendos espaciados pero definitivamente certeros envuelven la habitación. Un sollozo final y dos golpes secos en el piso ensordecidos por una alfombra.

Doña Clara cambia de canal. Se reacomoda en su sillón con antebrazos gastados por los años y se propone no parpadear durante el sexto capítulo de una telenovela vieja y venezolana, que sigue sin entender en su totalidad, pero más que nunca debe verla.