= aunque sea para incordiar =

29 nov. 2008

Ensayo

La historia la escriben los vencedores. La ficción, los vencidos.


-Yo, yo, yo. ¿Qué hay de mí? ¿Dónde entro en todo esto? ¿Soy un animal, o un perro - Y así provoqué una goborada de veras fuerte, y todos me arrojaban slovos. Así que criché más fuerte todavía: -¿No soy más que una naranja mecánica?-

Pág. 129, Segunda Parte, La Naranja Mecánica de Anthony Burgess, Editorial Minotauro.


Dentro de la literatura, numerosos son los ejemplos que podemos encontrar de relatos e incluso de libros enteros que se apoyan en el género de ficción para cuestionar al orden existente. En este caso, hablamos de “orden existente” como un concepto amplio que engloba e incluye las relaciones de poder económicas, sociales, políticas y culturales características de un tiempo y espacio determinado en la historia de una sociedad. Resuenan aquí títulos como “A Clockwork Orange” de Anthony Burguess[1] o “Animal Farm“[2] y “1984” de George Orwell. Aunque si nos acercamos a nuestro país, Argentina, también nos encontramos con “Respiración Artificial” de Ricardo Piglia o el múltiple interpretado “Casa Tomada” de Julio Cortázar, sólo por citar algunos de los más memorables relatos.. En cada rincón del mundo, la literatura y dentro de ella, el género de ficción, cumplen una función muy importante a la hora de hacer una crítica ya sea constructiva o destructiva del status quo.

Si bien las causas o razones de un segundo de inspiración no son claras, misterio que aqueja a escritores y a lectores, es posible hacer el intento y determinar una: la disconformidad. Las palabras pueden surgir en cualquier situación ya sea histórica, política, ideológica o emocional, pero llega un instante en que la disconformidad y su consecuente deseo de cambio son el disparador del comienzo de una obra de ficción con la intención de reflexionar. Es por eso que en tiempos de censura, con regímenes totalitarios en el poder que prohíben la libertad de expresión, o mismo en una época o en una sociedad conservadora, es esperable encontrar relatos de ficción que dejen entrever la denuncia del escritor a la ideología dominante con la que está en desacuerdo.
Es en esos momentos de silencio impuesto cuando la ficción pasa a ser una herramienta de libertad. Lo que no se puede ni se debe decir, lo políticamente incorrecto, se filtra en cada obra de ficción. Con diversos procedimientos literarios (con alegorías por ejemplo) se trata de explicar, de reflexionar, de desarrollar y especialmente, de cuestionar al sistema de producción económico y político que a su vez influye en el estilo de vida social y cultural.

En los relatos de ficción, el escritor se lanza a la difícil tarea de construir personajes, situaciones, ambientes y mundos; todos ellos irreales para hacer un paralelismo con la realidad pero que sea reconocible y verosímil. De esta forma, se logra hacer que cualquier lector, como individuo, se encuentre representado en el relato; pero a la vez, ese mismo relato es una representación total de la situación social. La ficción acerca a cada lector para que se identifique como persona (al crear un protagonista con características estereotipadas, por ejemplo), pero también envuelve e iguala a todos los seres humanos en un mismo momento histórico.

Se nos presenta, entonces, una situación dicotómica. Por un lado, se disfruta de la protección de la ficción, es decir, el refugio en el que un escritor se puede situar gracias a los diferentes sentidos y connotaciones que la gran variedad de interpretaciones posibles otorgan. La ficción, en este caso, es una vía por la cual se denuncian injusticias y desacuerdos. El escritor debe estar seguro de que ella lo resguardará de posibles represalias y acusaciones que pueda sufrir bajo el lema de “cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia”. Pues, como sostiene Juan José Saer en “El concepto de ficción”, la ficción tiene un doble carácter “que mezcla, de un modo inevitable, lo empírico y lo imaginario”. Si el escritor llegara a verse comprometido podría alegar que es todo ficción y que no se refería a nada en particular cuando escribió el relato y así salir ileso.

Sin embargo, el estar amparado por la ficción no hace al escritor cobarde sino audaz. El estar conciente de esta ventaja, por llamarlo de alguna forma, hace que el escritor pueda arrojarse a un mayor compromiso social. Si bien se ficcionaliza la realidad para ponerla en tela de juicio, queda claro que también se plasma indiscutiblemente una posición crítica y reflexiva. Es aquí dónde aparece la dicotomía: el cuestionamiento no es completamente explícito pero al fin y al cabo se hace.

De esta forma, la ficción da cuenta de la otra cara de la moneda y muestra la existencia de la parte desconocida de la historia. Los disconformes, los silenciados, los revolucionarios y los vencidos son quienes dirigen el puño de cada escritor que reflexiona y hace pública su crítica. El escritor puede hacer uso del poder que le conceden las palabras, o visto desde otro ángulo, hacer uso de su cualidad de escritor para cargar de poder a esas palabras.

No sólo es él, sino la sociedad entera quien desea expresarse cuando se escribe un relato de ficción. Y de este modo el escritor brinda una alternativa para repensarse en un espacio de reflexión.

[1] Traducción al español como “La Naranja Mecánica”.
[2] Traducción al español como “Rebelión en la Granja”.